jueves, 28 de abril de 2016

La universidad y la revolución - Rafael Rattia


Atrás, muy atrás quedó la revuelta insurgente del espíritu universitario que alentó la utopía revolucionaria del Mayo Francés de 1968; igualmente, ya a estas alturas de nuestro devenir sociohistórico se pierden de vista los desdibujados vestigios de rebeldía estudiantil universitaria de la legendaria “renovación universitaria de la UCV”. ¿Es que acaso desaparecieron las razones que hicieron posible la emergencia y protagonismo de aquellos portentosos y vigorosos movimientos estudiantiles universitarios de la Venezuela prerrevolucionaria y protosocialista?

Porque una cosa es obvia: la gran mayoría de los líderes y dirigentes estudiantiles universitarios de las décadas de los años setenta, ochenta y noventa o han fallecido o están viejitos, o bien, muchos de ellos forman parte del bloque histórico de clases hegemónica de la “revolución proletaria”, “marxista”, “chavista”, “guevarista”, “madurista” o qué sé yo como quiera que se autorrotule el proyecto dictatorial continental de corte neopopulista que con el triunfo de las corrientes democráticas argentinas afortunadamente comienza a hacer aguas en América Latina.
La sociología política en Venezuela ha podido constatar el enclaustramiento de la izquierda de raigambre “marxista-leninista” y “maoísta”, “estalinista” en los espacios académicos universitarios durante largas décadas hasta que esa misma izquierda, al fin, pudo hacerse del poder según la historia que ya todos conocemos. El archipiélago de grupos, movimientos, partidos y organizaciones político-partidistas venezolanas que monopolizó el quehacer político de la izquierda extraparlamentaria de finales del pasado siglo tuvo como nichos organizacionales de su accionar político y gremial los agitados y turbulentos pasillos, auditorios, jardines y plazas de la universidad. La universidad fungió entonces como espacio privilegiado del debate y confrontación teórico-epistemológica entre portaestandartes del más avanzado y radical pensamiento ideopolítico que recorrió los más lejanos territorios de Latinoamérica. La izquierda española, los movimientos de la internacional situacionista,  los movimientos antifranquistas, el anarcosindicalismo ibérico, los profesores universitarios que fueron a cursar estudios de posgrado en Francia, Alemania, Estados Unidos, Inglaterra e incluso Rusia trajeron al país no pocos libros e ideas que “incendiaban” las cabezas calientes de la juventud antibelicista que simpatizaba con los ideales de la Escuela de Frankfurt y el pensamiento libertario marcusiano.  
La universidad fue, qué duda cabe, un receptáculo de sensibilidades progresistas, la universidad significó algo así como el heraldo institucional que prefiguraba el anhelo del cambio social. Las cátedras de ciencias sociales en Venezuela estuvieron regentadas por eminencias y cerebros que producían teorías sociopolíticas densas y de hondas complejidades analíticas e interpretativas. Entrar en una de las universidades autónomas, democráticas y populares en nuestro país era como entrar en un “territorio liberado” para la juventud utópica, antiestablishment, la juventud rebelde y quijotesca, con causa o sin ella que apostaba por la construcción de otro mundo posible aquí abajo en la tierra. La universidad venezolana solía presentar a los gobiernos alternativos, democráticos y representativos de la época sus planes y programas científicos, tecnológicos y humanísticos a fin de someterlos a consideración de los gobernantes que, a la sazón, ejercían funciones de gobierno. La voz de la universidad era, naturalmente, escuchada con atento respeto y, eventualmente, tomada en cuenta a la hora de diseñar los planes quinquenales de gobierno. Obviamente, los méritos y talentos de los más capaces, las mentes más brillantes y destacadas de la tecno-ciencia nacional era valorada en su justa dimensión. Por supuesto, los rasgos distintivos de la pluralidad y la tolerancia, el profundo respeto a la diversidad de ideas y perspectivas ideológicas, dentro y fuera de la universidad garantizaban un clima psicológico y cultural propicio y auspicioso para el debate necesario e imprescindible que hace posible todo desarrollo y desenvolvimiento de la universidad como universitas o como multiversidad disidente, heterodoxa, como instancia de réplica mental, psíquica e intelectual ante los desafueros del Estado. Empero, no todo fue miel sobre hojuelas; la etapa idílica y paradisíaca de la universidad entró en un proceso de vertiginosa descomposición y con la llegada de la revolución bolivariana vino lentamente el “ocaso de las universidades” (la expresión es de nuestro insigne filósofo Ernesto Mayz Vallenilla). Hoy, a casi dos décadas de institucionalización de la razón burocrática militar, en el país se advierte una nueva edad media en los centros educativos universitarios. La intelectualidad más esclarecida que llevó las riendas institucionales de nuestras casas de estudios superiores a la vanguardia envidiable del continente o ha muerto o está jubilada o se fue del país y lo más grave y desconcertante es que no hubo un programa exitoso de formación de una generación de relevo que le plantara cara y mano firme y resistente a los embates y despropósitos antiuniversitarios de la manu militari totalitaria y hegemónica del proyecto proletario de corte obsidional que actualmente amenaza con asfixiar a la sociedad toda en una ralentizada “colonia penal” (Jonuel Brigue).
A la universidad del presente se le imponen retos ineludibles, desafíos históricos insoslayables de no poca monta; la universidad nacional no puede continuar mirándose el ombligo y contemplándose a sí misma narcisistamente de un modo autotélico. Ya va siendo hora de que la universidad “despierte” de su somnoliento letargo indiferente. Es la hora del protagonismo de la universidad venezolana en el concierto del devenir social e institucional nacional. La universidad no puede seguir transitando hacia derroteros antagónicos a los que transita el resto del país. La disyuntiva es de vida o muerte; o la universidad habla y actúa como lo que es, o debe reconocer su trágico destino: morir de mengua, fenecer como faro del espíritu en medio de la oscurana que se abate sobre la nación.

RAFAEL RATTIA28 DE ABRIL 2016 - 12:01 AM

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