sábado, 8 de abril de 2017

La inhabilitación del político tranquilo - Alfredo Meza

Capriles esperó el momento justo para quitarse de encima el viejo reproche de político cobarde


El opositor venezolano Henrique Capriles durante una conferencia de prensa este viernes. CARLOS GARCIA RAWLINS REUTERS
La consolidación de Henrique Capriles Radonski (Caracas, 1972) como uno de los dos líderes indiscutidos de la oposición de Venezuela comenzó hace seis meses. Cuando en octubre el régimen, amparado en el dictamen de cinco tribunales de provincias, suspendió los trámites para organizar el referéndum revocatorio contra el presidente Nicolás Maduro, Capriles, intuyó que había llegado el momento de ponerse al frente de la indignación popular. Parecía también la ocasión para que el opositor, inhabilitado el viernes para ejercer cargos de representación popular por los próximos 15 años, enterrase el reproche de político cobarde que le endilgaba el ala más radical de la oposición.

Fue una decisión coherente con su lectura de la situación política. No había querido sumarse al sector liderado por Leopoldo López que entre febrero y junio de 2014 pretendió acabar antes de tiempo con el mandato de Maduro. Capriles consideraba entonces que la oposición no había construido una amplia mayoría electoral que respaldara sus demandas de cambio. Prefirió recorrer los pueblos más depauperados del Estado de Miranda, donde es gobernador, seguir capitalizando el descontento que empezaba a germinar entre los más pobres debido a la política económica impulsada por el presidente venezolano, y evitar cualquier relación con La Salida, el movimiento que, además de López, tenía como bazas principales a la exdiputada María Corina Machado y al alcalde metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma. Su indiferencia con esa causa evidenció la fractura dentro de la oposición y las múltiples lecturas sobre la naturaleza del régimen chavista. Todavía a Nicolás Maduro le alcanzaba con administrar el legado de Hugo Chávez para mantenerse.

Por las mismas razones no había querido mantener a sus partidarios en la calle cuando en abril de 2013, en ocasión de las elecciones que eligieron al sucesor del fallecido líder bolivariano, se conoció la estrecha diferencia que lo separó del entonces aspirante oficialista. El margen tan ínfimo y las denuncias de fraude formuladas por el comando de campaña de Capriles provocaron choques que dejaron nueve muertos en las 48 horas siguientes a las elecciones. Todo estaba preparado para una gran manifestación que acompañaría a Capriles a consignar su reclamo ante el Consejo Nacional Electoral, pero sorpresivamente el candidato decidió cancelar la convocatoria. No quería que aumentara el número de muertos de las jornadas previas. Prefirió procesar su queja en todas las instancias judiciales quizá a sabiendas de que nadie reconocería su victoria.

Desde entonces y hasta octubre pasado Capriles tuvo que soportar los ataques de la oposición más dispuesta a provocar un cambio inmediato en Venezuela. Se burlaron de un lugar común al que apeló para justificar su taimada postura: "El tiempo de Dios es perfecto" en momentos de conmoción política. Muchos otros llegaron a dudar incluso de su compromiso con el cambio de Venezuela. Todo eso cambió desde hace seis meses y se ha ratificado ahora que el régimen avaló dos sentencias que le quitaban al Parlamento sus competencias y provocó una nueva ola de protestas. Capriles ha vuelto a la calle y usa calificativos inéditos en su discurso: al régimen lo llama dictadura. En momentos de mayor emoción lo puede llamar narcodictadura.

Capriles siempre ha advertido que es un error confundir su talante taimado y pacífico con la cobardía. Es posible que sus compañeros más radicales siempre hayan acertado al caracterizar el talante del régimen chavista. Pero lo que nadie podrá quitarle es que el tiempo le dio la razón. La debacle económica de Venezuela explica la ventaja de la oposición en las encuestas. La inteligencia de Capriles ha sido esperar el momento justo para ponerse al frente de la oposición.

Caracas 8 ABR 2017 - 21:55 CEST EL PAIS


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