jueves, 10 de diciembre de 2015

No entendió absolutamente nada - Humberto García Larralde




“¡Gloria al Bravo Pueblo!…” Ayer la dignidad de los venezolanos derrotó el amedrentamiento oficialista. La coacción desde ministerios y dependencias, la propaganda truculenta de “la pesadilla”, los intentos de engañar con la tarjeta de MIN Unidad y la amenaza de violencia –“saldremos a la calle”- no lograron torcer la voluntad de cambio de la inmensa mayoría del país, hastiada de tan irresponsable e incompetente conducción de la cosa pública, como de sus terribles secuelas en términos del colapso en sus condiciones de vida. Y honor a la legión de representantes de mesa y a la gente que los apoyó, que fueron garantes del triunfo. Finalmente, un reconocimiento justo a la Fuerza Armada, que supo mantener una posición institucional de resguardo de los resultados de la elección.


Quien no entendió absolutamente nada de lo ocurrido fue el presidente Maduro. ¡Qué discurso tan deplorable! Después de tan contundente repudio a su gestión, insistir en echarle la culpa de su derrota al triunfo de una “guerra económica”, muestra una incapacidad lamentable por asimilar las enseñanzas del proceso recién concluido. ¡Si los intentos de escurrir sus responsabilidades en el desastre económico actual argumentando semejante idiotez fue lo que el pueblo repudió en las urnas! Si bien nadie apostaba a que las entendederas de Maduro daban para asumir una posición de estadista –que no es que le queda grande, sino inmenso-, hubiera sido mucho más edificante haberlo escuchado tender la mano a la nueva mayoría en aras de generar un ambiente favorable a los acuerdos que, por fuerza, deberán producirse para afrontar los gravísimos problemas que desafían al país. Algunos dirán que fue un discurso para intentar cohesionar a sus golpeadas huestes, en previsión de la guerra de culpabilidades que habrá de desatarse seguramente al interior del PSUV. Puede que así haya sido pensado. Pero dejarse llevar por su talante fascista y apelar al dogmatismo, al espíritu de secta, al simbolismo maniqueo de una guerra urdida por un capitalismo maligno contra el pueblo, no solo contraría lo que se espera de él como jefe de Estado, sino que es cuchillo contra su propia garganta. Como dijo alguien por ahí, solo a Maduro puede ocurrírsele inventar como ardid político una guerra que luego lo derrota.

2016 será un año terrible para Venezuela, peor que 2015, si no se aviene a entendimientos con las fuerzas democráticas para instrumentar un programa de ajuste que ataje la caída hacia niveles aun más profundos de miseria y desesperanza. La postura confrontacionista de seguir repitiendo una estupidez en que nadie cree, lo que hace es mostrar una conducta intransigente que habrá de provocar la convocatoria de un referendo revocatorio de su mandato. La sirve en “bandeja de plata”.


El liderazgo opositor encara una enorme responsabilidad ante la nación. Las primeras declaraciones de Chúo Torrealba y de otros voceros son esperanzadoras por su llamado a la reconciliación, a evitar la retaliación y a poner los intereses del país por encima de intereses mezquinos de bando. Pero ello requiere de una reflexión importante en la acera de enfrente, capaz de asumir sus responsabilidades y mostrar una disposición a rectificar para sacar al país del hueco en que lo metieron. ¿Entenderá esto, más temprano que tarde, la cúpula oficialista o se dejará llevar por sus instintos fascistas de confrontación y de sabotaje a la nueva mayoría? ¿Arrastrará a los suyos a una irremediable caída con su sectarismo? El primer discurso de Maduro en absoluto es constructivo. Pero tengan por seguro que los venezolanos no perdonarán el atrincheramiento del oficialismo en dogmas y clichés venenosos en estos momentos tan decisivos para el  país.

Humberto García Larralde, economista, profesor de la UCV, humgarl@gmail.com

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