sábado, 7 de noviembre de 2015

Parrita, el Bachaquero Mayor - Tulio Ramírez



Confesó que ante la disyuntiva de irse a otro país prefirió incursionar en el Bachaqueo con todos los riesgos que eso implicaba. Él lo llama “Comercio Clandestino de Supervivencia (CCS)”


-Aló Rufino, qué hubo viejo, por aquí llegaron las negritas, esas que te gustan tanto, y llegaron con un rico perfume olor a café. Las muy guapachosas dijeron que cuando te vieran iban a darte una buena enjabonada. Por cierto no te he mandado el fax por falta de papel, pero ya me llegó, ¡ah!, se me olvidaba, si quieres desinfectar la pinta, avísame-. Responden desde el otro lado de la línea, -Copiado Parrita, mañana te caigo-. Este dialogo parece de locos, pero no lo es. Es la nueva estrategia de Marketing utilizada por Parrita para promocionar su mercancía, no por capricho lo llaman “El Bachaquero Mayor”.

Esta es una modalidad de mercadeo que está implementando Parrita, el proveedor de los buhoneros desde Petare hasta la Cortada del Guayabo. Si contratáramos al experto en semiótica que en el juicio a Leopoldo le tiró la cabra pal’ monte al gobierno, podría descubrir que se trata de mensajes cifrados donde se informa sobre la existencia de caraotas, café, jabón de baño y papel higiénico. Del precio no se habla, porque se negocia para el momento de la transacción de acuerdo a la cotización del Dólar Tonight, porque el del Day está proscrito.

No soy periodista, pero si curioso. Tomé mi grabadora de cassette y me fui en busca de Parrita. Dar con este personaje no fue nada fácil. Di vueltas por la Redoma de Petare, por el mercado de Chacao y el Bulevar de Catia, pero nadie me dio señales de Parrita. No exagero si digo que noté cierta desconfianza y a veces hasta rechazo. Todos pensaban que era un espía del gobierno a la caza del más buscado de los bachaqueros. La clandestinidad lo protege, además de una red de aliados e incondicionales a los cuales abastece. Así elude a los cuerpos de seguridad del estado, del municipio y hasta de la parroquia.

Una tarde, estando en el mercado Guaicaipuro, ya tirando la toalla, convencido de que Parrita era un invento o una suerte de leyenda urbana creada por los buhoneros para despistar a sus perseguidores y desviar la atención, se me acercó un jovencito vendedor de mango tasajeado en bolsitas y me dio una nota. Decía el papelito parafinado de esos que dan con las empanadas: “Parrita está dispuesto a concederle una entrevista. Mañana a las 17 horas espere en el puesto de franelas del caimancito, las que son imitaciones chinas”. El joven se perdió entre los buhoneros, no lo vi más.

A la hora fijada llegue al sitio indicado. Esperé un buen rato, hasta compré una chemise carísima a sabiendas de que era una vulgar imitación. Ya cansado de la espera y cuando decidido a marcharme boté el último cigarrillo, se me acercó un vendedor de mentol chino con una culebra de plástico en el cuello. Me indicó que lo siguiera. Los recovecos eran interminables, el vendedor de mentol me entregó a una vendedora de estatuitas de la Virgen del Valle, también hechas en China, que finalmente me guió al encuentro con el misterioso Parrita. El lugar de la entrevista, detrás de un camión de plátanos.

Allí estaba, sentado en un guacal de cambures. De pie y a sus espaldas, cinco fornidos caleteros que de tanto cargar sacos y comer completo, parecían agentes de seguridad de la Casa Blanca. Era un hombre de unos 40 años, bajito y regordete, con una franela que le dejaba ver el maruto porque la masa abdominal le impedía que se lo cubriera. En la boca tenía un gran tabaco sin prender que, por cierto, cuando lo sacó me pareció ver que la etiqueta decía Made in China. A su alrededor, montadas unas sobre otras, pacas de harina de maíz, pasta, arroz, café y azúcar. Indudablemente era una demostración de poder.

Le pregunté si Parrita era su verdadero apellido. Me contestó que no, que la vida clandestina lo obligaba a utilizar seudónimos para proteger a su familia. Indicó que era economista graduado con Honores en Penn State y ex trabajador de una gran empresa expropiada por la revolución que hoy no produce nada. Confesó que ante la disyuntiva de irse a otro país prefirió incursionar en el Bachaqueo con todos los riesgos que eso implicaba. Él lo llama “Comercio Clandestino de Supervivencia (CCS)”. Piensa escribir un tratado sobre el tema. Considera que es necesario un sustento teórico de su actividad.

Con pose académica explicó: “El CCS es una actividad comercial que florece en la tierra árida del comunismo. Al estrangularse el mercado formal, bien por ineficiencia gubernamental o por políticas que no valoran la trilogía Inversión-Riesgo-Ganancia, surge de manera espontánea un mercado subterráneo que descentraba el aparato productivo para satisfacer una sociedad ávida de productos. Allí es cuando intervenimos nosotros como mediadores entre la oferta y la demanda”. Un escolta le encendió el tabaco. El humo y la oscuridad daban un ambiente de resistencia francesa de la 2da Guerra Mundial.

La entrevista terminó abruptamente. De la nada apareció una vendedora de hallaquitas de chicharrón y le dijo algo al oído. Al parecer llegó al mercado un contingente de policías en su búsqueda. Antes de desaparecer entre tarantines de verdura, peluquerías improvisadas, ventas de CD quemados y de franelas del beisbol profesional venezolano, para variar también hechas en China, me ofreció un combo de harina de maíz, arroz y detergente por un precio aceptable. Se lo compre por cuestión de subsistencia. ¿Será cierta su teoría?. Ese es Parrita, el Bachaquero Mayor.




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