viernes, 3 de febrero de 2017

Fascismo, comunismo y la pretendida supremacía moral de los “revolucionarios” - Humberto García Larralde


Se me ha objetado llamar “fascista” al presente régimen en vez de castro-comunista. En realidad, se trata de dos formas de referirse al mismo fenómeno: el llamado castro-comunismo es simplemente una nueva expresión de fascismo, un neo-fascismo de finales del siglo XX y de principios del XXI. Esta precisión puede parecer banal -en fin de cuentas, es menos problemático el término totalitario-, pero tiene importantes implicaciones.


Para quienes tuvimos militancia comunista el fascismo se ubicaba en nuestra antípoda, pues era cruel, represivo, inhumano y retrógrada, características enfrentadas a nuestros ideales. A esta percepción contribuyó el hecho de que la URSS emergiera de la II Guerra Mundial como parte de las fuerzas aliadas, artífices de la libertad. Más aun, la doctrina profesada explicaba que el partido era una fuerza de vanguardia, comprometido con la construcción de la sociedad comunista, en la que las injusticias sociales desaparecerían por haberse suprimido la “explotación del hombre por el hombre” y en la cual la humanidad se liberaría de sus penurias materiales. 

Cualquier ojo avizor hubiera advertido que la pretensión de imponer tal utopía inexorablemente conduciría a un régimen totalitario, pero nos obnubilaba la convicción de que este devenir se fundamentaba en la razón de la Historia (con mayúsculas), como había demostrado el análisis científico de Carlos Marx y, por tanto, era la genuina manifestación del progreso inexorable de la humanidad. No podía, por ende, sino resultar en mayores grados de libertad y justicia. El fascismo, en contraste, era de “ultra-derecha”, un movimiento irracional que apelaba a las bajas pasiones, los mitos y las contraposiciones maniqueas para incitar al odio y justificar la violencia y la maldad contra todos aquellos que no compartían sus diatribas.

El tiempo fue mostrando que el accionar de ambos movimientos era muy similar, de vocación totalitaria. Pero quedaba la contraposición entre el supuesto fundamento científico, racional, del comunismo, con el carácter irracional y bárbaro del fascismo. Los crímenes cometidos bajo los regímenes estalinistas serían atribuibles a “errores” y/o a la crueldad de sus conductores: bastaba con la aplicación correcta de la doctrina por “revolucionarios de verdad” para que, ahora sí, las cosas salieran como profesadas. La distinción terminó por reducirse, por ende, a que el comunismo tenía una justificacióndoctrinaria, el fascismo no. La creencia en esa doctrina forjó un instrumento implacable de opresión en la forma de un partido de militantes abnegados, convencidos de ser portadores de la verdad (la única admisible) y, en virtud de ello, dispuestos a todo para lograr que prevaleciera, en nombre de los intereses supremos de la humanidad, los fines de la Historia. Por tanto, le asistía una razón “moral”: el fin justifica los medios.

Al quedar desmontada la pretendida fundamentación científica del marxismo (y de ese horror que se llamó marxismo-leninismo), se desnudó la naturaleza ideológica de la doctrina comunista. Se disolvía así la principal distinción que separaban al movimiento comunista del fascista. La excitación de pasiones a través de contraposiciones maniqueas construidas con base en mitos era ahora un expediente común a ambos para legitimar sus respectivas aspiraciones totalitarias.

Si entendemos a la ideología como una representación sesgada de la realidad para favorecer las aspiraciones de poder y de dominio de grupos políticos, sociales o religiosos, reconoceríamos que el fascismo (aun careciendo de doctrina) requirió también de ella para legitimarse ante los suyos y ante la sociedad. El fascismo clásico se valió de idearios patrioteros, ultra-nacionalistas, que invocaban épicas fundacionales -mitos- para justificar su accionar político como uno de batallas sucesivas contra los enemigos de la Patria o del volk. La política se planteaba en términos excluyentes, de guerra, donde lo militar y el ejercicio de la violencia eran cruciales, porque no podía permitirse espacio alguno para fuerzas que contrariasen las verdades del líder indiscutido. Toda disidencia debía ser aplastada.

A pesar de lo repudiable que fueron sus ejecutorias, en sus momentos de auge el fascismo se bañó de un sentido de supremacía moral por sentirse, igual que los comunistas, instrumento de la providencia. Desnudados sus horrores, las primitivas elaboraciones del nacionalsocialismo alemán o de Mussolini no sirven hoy para fundamentar prácticas fascistas. Éstas se amparan, por tanto, en mixtificaciones que combinan la invocación original de pasiones patrioteras con una versión más pasable de justicia, ya no referida a la supremacía excluyente de una etnia (volk) o Nación, sino de agrupaciones sociales o religiosas específicas, dando lugar a híbridos fascio-comunistas e islamo-fascistas.

Los elementos de la doctrina comunista contribuyeron así a remozar los simbolismos maniqueos con que se construyen los imaginarios fascistas, pero con una importante contribución. Fortalecieron la visión moralista de todo movimiento populista -la voz única de un pueblo indiferenciado y homogéneo que debe imponerse[1]- con categorías discursivas que invocan la lucha de pobres contra ricos, de oprimidos contra sus opresores. El hecho de que en nombre de tales objetivos se hayan cometido las mayores injusticias y aumentado mucho más la pobreza no fue óbice para seguirlos esgrimiendo para “legitimar” sus atropellos. La “revolución” se afianzó en trincheras sectarias, mágico-religiosas -de ahí su sintonía con el islamo-fascismo- que repiten machaconamente sus verdades, no para convencer a otros sino para preparar a los suyos para el combate, para imponer su dominio. De ahí los insólitos disparates referentes a la “guerra económica”, la reclamación de que el “pueblo” está con, no enfrentado a, Maduro, la supuesta conspiración internacional con los billetes de Bs. 100, hasta la perversa idiotez de la nueva ministra de Salud, Antonieta Caporale, quien afirmó que la “derecha” articula una campaña mediática internacional al declarar la existencia de una crisis humanitaria en el país (¡!).

La crueldad con que se burlan del sufrimiento de los venezolanos, de quienes mueren por no conseguir los medicamentos requeridos, de los muchos que escarban la basura en busca de alimentos, de los millares que a diario se humillan aguantando horas de cola al sol en espera de alimentos que muchas veces no aparecen, del atroz número de muertos a manos del hampa, de los precios políticos que se pudren en las ergástulas del régimen sin razón alguna, expresan esa terrible “banalidad del mal” de quienes abrazan ciegamente una perspectiva totalitaria que admite solo una verdad, la suya. Y ello da lugar a la cruel paradoja de alegar su “supremacía moral” -avalada por la Historia-, para desconectarse del espantoso sufrimiento causado por sus acciones y disolver así, toda distinción real entre bien y mal. En este cuadro, denunciarlos de castro-comunistas los enaltece, pues en el imaginario que ello les evoca, el 80% de venezolanos que repudiamos la gestión fascista de Maduro estaríamos descalificados por enemigos del (verdadero) “pueblo”, burgueses, apátridas y pro imperialistas. Lamentablemente, esta peculiar legitimación hunde sus raíces en las corrientes políticas dominantes de nuestra historia reciente, salpicadas de anti-imperialismo, “revoluciones” y profesiones socialistoides.

Al designarlos como fascistas se les quita la hoja de parra de los mitos redentores del comunismo que tanto les reconforta. El terror que les causa quedar desnudados de fascistas los llevan a lo indecible para proyectar en otros su propia naturaleza. Nada consuela más a la conciencia de los Maduro, Cabello y El Aissami que poder sacudirse de tal oprobio señalando que quien es fascista es la oposición democrática.

Dada la similitud entre ambos, la única distinción hoy entre comunismo y fascismo tendría que basarse en que el primero está avalado por leyes históricas. Pero como ello no es así, se tiene que concluir en que, o bien el comunismo es una quimera que nunca podrá existir en la realidad sino en su forma estalinista -que traicionó sus postulados- o, como argumento, es simplemente neofascismo.



[1] What is Populism, Jan Werner Müller, University of Pennsylvania Press.

Humberto García Larralde, economista, profesor de la UCV, humgarl@gmail.com

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