lunes, 9 de mayo de 2016

Angelus Novus - Antonio Sánchez García


Todos los pueblos, escribió Alexis de Tocqueville, cargan con un pecado original. Y ese pecado original les pesará por los siglos de los siglos. El nuestro fue el de renegar de los doctores y enaltecer a los guerreros. Despreciar la pluma y adorar las lanzas. Repudiar la cátedra y admirar los cuarteles. Ansiar la vida y provocar la muerte. Asómese a la ventana: verá los resultados.

“Divino es solo aquel que sabe vencerse a sí mismo. La mayoría ve la ruina ante sus propios ojos, pero se precipita en ella”. Leopoldo von Ranke (Alemania, 1795-1886)

En 1920, el gran pintor suizo Paul Klee dibujó una acuarela con tiza y tinta china sobre papel que llamó Angelus Novus. Nada más verlo, el joven pensador judío berlinés Walter Benjamin –tenía entonces 28 años– cayó extasiado. Lo adquirió, lo llevó consigo tanto como pudo hasta que finalmente, en su desesperada huida del nacionalsocialismo, se lo dio a guardar a uno de sus amigos judíos de la Escuela de Frankfurt. Veía en él, maravillosamente expresada, la tragedia del horror que se cernía sobre Europa como una avalancha de maldad y crueldad infinita. Su interpretación quedó consignada en unos apuntes que retratan su visión de la historia: “Hay un cuadro de Klee (1920) que se titula Angelus Novus. Se ve en él a un ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava su mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas… Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso”.
Apostrofando esa interpretación, ese ángel de la historia, imaginado en Venezuela y arrastrado hacia el futuro por la fuerza cósmica e inevitable de la naturaleza más que por la fuerza racional, espiritual, consciente de la historia, miraría hacia un pasado de barbarie y dictaduras que llega hasta el cielo. Con una brutal diferencia respecto del Angelus Novus de Klee interpretado por Benjamin: la tempestad que le ata las alas no es el progreso: es la regresión bolivariana, es el caudillismo militarista, es la ignorancia y el salvajismo de una sociedad que repudió desde su nacimiento la posibilidad de entregarse a la civilidad. Que urgida por los caprichos y el voluntarismo mesiánico de sus aristocracias prefirió la guerra a la paz, la violencia al entendimiento, la muerte a la vida. Para, al cabo de la proeza y consumida por el apuro, reconocer el monstruoso error cometido: “Quién podrá negar que éramos felices y disfrutábamos de la paz colonial. Mientras que ahora, sacrificados todos esos bienes por tenerlos mejores, nos consume el horror de la guerra y el caos”. Lo dijo, palabras más palabras menos, al borde de la muerte, el máximo responsable de su propia tragedia, que por siglos sería la de todos, Simón Bolívar.
Doscientos años venerando al máximo responsable de esa monstruosa acumulación de ruinas negándose a citar su atribulado testamento, pues de hacerlo, el esperpéntico edificio de sus delirios, la república construida sobre ese desafuero, dejaría los graves defectos de su obra al desnudo. Solo la frágil civilidad construida a pesar de la médula militarista, autocrática, violenta y bárbara que la determina, esa sangre, ese sudor y esas lágrimas derramadas por los vencidos sobre el filo de los machetes, las lanzas y las espadas, los fantasmas de la muerte travestidos de Angelus Novus que deambulan por los campos de batalla de nuestras incontables y miserables gestas de la nada, ha permitido que asomemos la cabeza por sobre el pantanal africano de nuestras determinaciones ancestrales.
Los demócratas de hoy no somos herederos de Bolívar. Ni de los lanceros y macheteros que volvieron caras. Somos los dolientes, así lo ignoremos, de las decenas y decenas de miles de cadáveres provocados por la Guerra a Muerte. Si mal se cuenta, medio millón de seres humanos de uno y otro bando si sumamos las víctimas de la llamada Guerra de Independencia con las provocadas por la llamada Guerra Federal y aderezadas por la peste, los descalabros telúricos, los infortunios de la naturaleza. Pero, por lo visto a posteriori, tal cantidad de cadáveres no fue suficiente como para saciar la voracidad de la barbarie. Guardamos el triste privilegio, ese sí merecedor de un premio Guinness, de ser doscientos años después el país más violento del mundo, aquel en que la cifra de homicidios se ha unido a la de la inflación y el desabastecimiento para convertirnos en la sociedad más miserable de la tierra.
¿A quién le importaron esas abrumadoras, inmensas mayorías exterminadas que no tenían el más mínimo interés en embarcarse en el delirante capricho de la República, un sortilegio, una mesiánica aventura y una ilusión tornasolada de la que no se tenía la menor idea? Cuyos protagonistas no se embarcarían en la guerra en razón de algún ideal patriótico sino a cambio de las mismas recompensas a las que aspiraban cuando le caían a saco a los sectores pudientes de la pobre sociedad criolla. Exactamente como ahora: mi voto por una gallina. Entonces el intercambio de favores y compromisos era más grave: asesinar realistas a cambio de poder y tierras.
¿Quiénes habían leído a Voltaire y a Montesquieu en Valle de la Pascua y en Caicara del Orinoco? ¿Quiénes habían oído hablar de Maximilien François Marie Isidore de Robespierre, o de Georges-Jacques Danton o de Jean-Paul Marat? ¿Quiénes tenían la más remota idea de lo que era Napoleón al mando de un citoyen en San Fernando de Atabapo o en las Queseras del Medio, esas arenas ensangrentadas de nuestra caribeña Guerra de Troya? El joven Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte Palacios y Blanco. Y tras suyo un par de docenas de aristócratas ilustrados y dos o tres venezolanos cultos y educados, únicos en ese valle de la ignorancia, de los cuales el más conspicuo, Andrés Bello. Que prefirió el destierro al regreso. Junto a Francisco de Miranda, quizá la única conciencia que fue capaz de medir en su monstruosa y sangrienta exactitud el horror que se nos venía encima. Y salió huyendo para no volver nunca jamás. ¿De qué y para qué vivir en un país cuya principal ocupación era, y continúa siendo hasta el día de hoy, el bochinche?
Todos los pueblos, escribió Alexis de Tocqueville, cargan con un pecado original. Y ese pecado original les pesará por los siglos de los siglos. El nuestro fue el de renegar de los doctores y enaltecer a los guerreros. Despreciar la pluma y adorar las lanzas. Repudiar la cátedra y admirar los cuarteles. Ansiar la vida y provocar la muerte. Asómese a la ventana: verá los resultados.

ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA / @SANGARCCS3 DE MAYO 2016 - 11:01 PM

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