lunes, 22 de agosto de 2016

La gran marcha - Antonio Sánchez García


Venezuela huele a historia. Y en la fascinación que provoca acompañar el despertar de un pueblo empujado a la conquista de su libertad por sus pulsiones históricas, hasta me compadezco de aquellos que se vieron en la obligación de abandonarla y buscar nuevos derroteros. Vivir un despertar como el que estamos presenciando, así esté lleno de tribulaciones y tropiezos, pasos de ciego y tientos de fortuna en busca de acertar con la acción definitoria perfecta para dar en el blanco que corresponde, constituye un privilegio que llevo exactamente 17 años esperando.

Enrique Krauze vino, vio y volvió a México fascinado por el despertar estudiantil que presenció, y más que por ese despertar, por sus razones y motivos: los estudiantes universitarios venezolanos no luchaban tras las banderas del Che Guevara, Mao o Ho Chi Minh, las ya añejas y exangües señas de identidad arrastradas por la progresía radical desde los años sesenta. Luchaban por la libertad ante una dictadura con pretensiones castrocomunistas. Luchaban, en estricto rigor, por la liberalización de Venezuela. Anticipando en años, por cierto, la corriente que ya recorre a América Latina: un nuevo liberalismo, como el de Macri, el de PPK, el del próximo presidente de Chile y el que lleva a juicio a la ex guerrillera urbana Dilma Rousseff.
Es un cambio de paradigmas, como los que han sucedido tras todos los grandes movimientos políticos y sociales y, sobre todo, tras las grandes revoluciones científicas. Tras diecisiete años de extravío y tras décadas imantada por la seducción del caudillismo militarista y las promesas mesiánicas de un farsante y sus pandillas, el pueblo venezolano, llevado a los huesos de sus más elementales necesidades, por fin comprende que el socialismo no es otra cosa que una cruenta estafa, la perfecta coartada de la barbarie enmascarada de filosofía alemana y utopismo clásico; el secuestro de la voluntad popular por unos pocos para enriquecer a mansalva a sus familiares y mesnadas y entronizarse en el poder para reprimir, encarcelar, asesinar a quienes se le opongan y devastar las riquezas creadas por el esfuerzo colectivo y los dones de la naturaleza.
¿Quién iba a creer en medio de los gobiernos democráticos del pasado, con todas sus fallas, vicios y errores, que al cabo de diecisiete años de gobierno revolucionario los venezolanos de la principal potencia petrolera de Occidente no tendrían literalmente qué comer, y los recién nacidos morirían tras pocas horas de vida por carencia de instrumentos médicos, atención hospitalaria y medicinas? ¿Qué encontrar un paquete de arroz o un kilo de azúcar demandaría la escasa fortuna y días y días de implacable persecución y esperas degradantes? ¿Quién iba a creer que el que llegó al poder prometiendo freír las cabezas de los corruptos de AD y Copei montaría las más escandalosas y extravagantes corruptelas de que se tenga memoria en el mundo permitiendo el saqueo del Estado y el enriquecimiento de sus protegidos en montos absolutamente inimaginables? ¿En qué país del mundo bajo la protección de un gobierno “socialista” se han robado cientos de miles de millones de dólares sin que la justicia, absolutamente pervertida y al lacayuno servicio del dictador, hiciera una mínima observación?
Esta auténtica agonía de la república, esta estación final del desvarío y la criminalidad política es la que ha comenzado a servir de aliciente al despertar de un pueblo desesperado. Ese despertar que se percibe bullir en las profundidades del sentir popular, que se expresara en la revolución estudiantil de 2014 y que deparara la inmensa sorpresa de las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre. Pues estamos ante una marea incontenible de indignación y rechazo que va batiendo los muros de contención y ultrapasando los obstáculos que encuentra tras el logro de su propósito histórico: desalojar al régimen, reconstruir el dañado tejido social y económico de la república y      devolverle al pueblo venezolano el disfrute de la plenitud de un Estado de Derecho. Exactamente como sucediera el 23 de enero de 1958.
La marcha del 1° de septiembre, en buena y oportuna hora convocada por la MUD y respaldada por todos los sectores sociales y políticos del país, le dará fecha y hora de nacimiento a los nuevos paradigmas. Es incluyente, pues abraza el sentir popular tras la necesidad del desalojo mediante el referéndum revocatorio en este 2016, si el régimen comprende que es la salida ideal para iniciar la reconstrucción nacional sin traumas ni violencias. Permitiendo el diseño de un país en el que quepan todos, chavistas arrepentidos incluidos.
Pero es una marcha que abre todas las opciones constitucionales del desalojo, si el régimen cometiera la imperdonable imprudencia de cerrar las puertas políticas a la salida representada por el referéndum revocatorio. La voluntad de un pueblo no se escamotea por la ruindad y vileza de sus malos hijos. El cierre de la puerta del revocatorio podría llevar al asalto a los bastiones del régimen, que los medios e instrumentos sobran. Quiéranlo o no, Venezuela cambiará de giro el 1° de septiembre. Será otra para siempre. No debemos abandonarla.

ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA21 DE AGOSTO 2016 - 12:01 AM

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