sábado, 11 de junio de 2016

Máscara, lenguaje, tiranía, metáfora, realidad LA PERSONA Y EL PERSONAJE - Edilio Peña


Ninguna persona se sostiene en una sola expresión, en un solo sentimiento, en una sola máscara.

¿Cuándo una persona se transforma en un personaje? Antes de indagar y hallar la respuesta que parece imposible, habría que preguntarnos, quizás, lo más inquietante: ¿cuándo una persona deja de ser lo que parece, con una supuesta identidad propia, para, en un instante, transformase en aquél desconocido sin nombre que creía haber olvidado o extraviado en la selva de la niebla impenetrable, desde el inagotable misterio del ser?


Ese otro que se presenta sin anunciarse ante el reflejo de las aguas, en los laberintos azarosos de la vida, o como un doble, en la acuciante vigilia que lo persigue como la culpa, el crimen o el castigo. Un ser que también lo asalta en el sueño tenso de la pesadilla donde, a veces, un resquicio de su memoria tapiada se rompe y le revela que es una bestia, un bicho raro, o un niño perdido entre la ceguera y el hambre.

Acontece que mientras duerme, inesperadamente, la persona emite un grito sostenido al descubrir, desde el fondo de la inconsciencia, que se halla confinada en una prisión, más oscura que la misma noche desgarrada, con el cuerpo paralizado y, por más esfuerzo que haga por despertarse, lo traiciona la falsa idea de que se ha despertado, estando inmerso aún en la pesadilla y en la angustia más demoledora, al darse cuenta que no puede mover ninguno de sus miembros. El drama se acrecienta cuando la persona no tiene a nadie cerca que lo despierte de su impotente y sordo socorro y la agonía puede prolongarse hasta la muerte, en el intenso sopor que empapa las sábanas. Al ser condescendiente con lo sublime, en la pesadilla, la persona también ha podido descubrir que seguramente había sido un ángel al que le quemaron las alas antes de convertirse en persona. Pero, ya es demasiado tarde para repararlas, y las nuevas, nunca podrán pertenecerle.
Acorraladas, algunas personas fabulan el deseo infantil del carnaval y se disfrazan a escondidas de los curiosos y espías, para alejarse de ese ser que lo habita y del que ha comenzado a dudar, porque no lo deja realizarse, más allá de la cultura, la religión o la sociedad fundada en rígidas ideologías; las cuales les ha pautado su conducta, o sus límites, con pudor, moral o censura. O racionándole la comida o la propia luz hasta que se vuelva un cadáver que apenas respira. A veces el doble, o los desplazamientos mentales, se instalan como una necesidad para cruzar los puentes prohibidos por el poder soberbio, pero es una tarea clandestina riesgosa de la cual nadie puede enterarse, porque se precipita la catástrofe y se puede entrar en la locura. Es como aproximarse a los abismos o a un complejo problema matemático. Los infieles, los traidores, los desleales, saben de eso. Aunque el amor o el odio los justifique en su arriesgada aventura.
Los servicios secretos de las dictaduras, tiranías, totalitarismos, se esmeran en la creación de sofisticados instrumentos de opresión y dominación para penetrar no sólo la psiquis de la persona sino su alma, hasta dar con ese mecanismo preciado de la existencia que es movido por una máquina singular que piensa y siente. Si descubren y descifran ese esencial acertijo, tal como Edipo Rey descifró el de la Esfinge para poder hacerse rey de Tebas, el poder total se apodera de su persona y un día lo corona impúdico y traidor de sí mismo: Edipo asesinó a su padre sin saberlo; de la misma manera, se casó con su madre y procreó hijos con ella. Un oscuro y azaroso mecanismo lo regulaba. Como estadista, Edipo Rey se olvidó de su pueblo y pensó más en aclarar su infortunado destino que la peste que los diezmaba. Desde ese estadio, el poder de los gobiernos que corrompen a los Estados terminan por convertir a la persona en su víctima propiciatoria. La hacen vulnerable a sus caprichos y arbitrariedades. Hay un punto de inflexión donde las dictaduras totales no necesitan usar más amenazas, torturas físicas, manipulación o corrupción, porque se han apoderado de la ontología de la persona. A partir de entonces, la degrada silentemente, hasta que ésta comience a encontrar resignación y placer en la abyección. La persona andará entre los borregos de las masas que una vez fueron pueblos, sin saber qué hacer. Mucho menos, pensar. Porque le han robado y secuestrado sus más íntimos pensamientos y elecciones.  El paisaje que los hacía felices desaparecerá.
Enigma, la máquina inventada por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, tenía un poder criptográfico complejo y poderoso, que si no hubiese sido por  el cerebro privilegiado de Alan Turing, el joven y genial matemático de veintiséis años, quien inventó la contraparte de la máquina alemana ─se especula que la llamaba Cristopher en honor a su mejor amigo muerto a temprana edad─, el nacionalsocialismo de Adolfo Hitler se hubiera expandido por el mundo. La misma Segunda Guerra Mundial se hubiera prolongado y hubieran muerto más de catorce millones de personas. Inglaterra guardó el hallazgo de Turing por cincuenta años como secreto de inteligencia militar, pero mientras vivió Alan Turing fue condenado por conducta indecente que ofendía la moralidad victoriana de la sociedad inglesa, desde Oscar Wilde. El juez le hizo escoger entre pagar dos años de cárcel, o someterse a un tratamiento bioquímico para curar su homosexualidad. Turing escogió la segunda opción, porque no quería dejar de inventar y soñar más allá de  aquellas máscaras,  al forzar la prisión  de la condición humana.

Alan Turing se suicidó a los 41 años, mordiendo una manzana envenenada con cianuro. Steve Jobs, eligió el logo de su empresa Apple con la emblemática manzana mordida como un homenaje y reconocimiento póstumo al infortunado genio, al verdadero creador de la informática, reafirmando con su hallazgo que toda persona es capaz de crear múltiples redes para escapar y viajar por universos vastos e inéditos. No dudes nunca de aquella persona que puede llegar hacer lo inimaginable, desde la fe y la convicción de su propio ser. Posteriormente, la reina Isabel II de Inglaterra, en el año 2013, publicó un edicto por el que exoneró  al matemático de su conducta impropia, anulando todos los cargos en su contra. Un cinismo sarcástico y cruel, muy clásico del Palacio de Buckingham, reflejado en que la monarca no otorgó el título de Sir o Caballero, a Alan Turing.

Los griegos antiguos fueron más nobles con las personas y el Estado Democrático testimonia el esplendor del gobierno de Pericles, que se sustentaba en promover la creación del teatro y la participación del pueblo, con el único fin de que todas los personas se despojaran de sus máscaras, frente al espectáculo de la obra que se representaban ante ellos, incluyendo aquellos que ostentaban el poder. En el griego antiguo, persona quería decir máscara. Esa virtud purificaba a la persona de la mentira o el doblez. Sobre todo, antes de que el populismo y la corrupción derrumbaran el gran hallazgo que Atenas ofreció a Occidente, como su mejor legado: la Democracia.
Ninguna persona se sostiene en una sola expresión, en un solo sentimiento, en una sola máscara. La persona, más que ser un incesante espía de la realidad, es un espía de sí mismo. Busca en el afuera porque éste lo aparta de sí. En cambio, aquel que se refugia en su elección solitaria, a veces no sabe qué hacer y la rutina lo vence. A menos que tenga el poder de la imaginación del humanista o del científico, o de un artesano de la cotidianidad, en la cual se bifurca el espacio suficiente para existir más allá de los límites. Porque la curiosidad no es suficiente para los genios; para estos seres el mundo es un pretexto, no una totalidad.
William Shakespeare, por boca de uno de sus personajes más emblemáticos y delirantes del poder, Ricardo III, lo expresó al ponerlo a decir un parlamento: “¡Mi conciencia tiene mil lenguas y cada lengua cuenta su historia particular!” Con esta frase y sus treinta y seis obras teatrales, había nacido la dramaturgia moderna en el siglo XVI. Shakespeare, sin saberlo y aun sabiéndolo, había descubierto que la multiplicidad de la persona y del personaje, era idéntica. Uno es la metáfora del otro, o su semejanza, que como dos gemelos, el uno no puede renunciar al otro. Pero en ese mismo siglo XVI, por rumbos menos venturosos de la España inquisitorial, Miguel de Cervantes había construido la Novela Moderna, con su personaje fantástico y delirante: El caballero de la triste figura, Don Quijote de la Mancha. Un trasgresor de la realidad, donde el otro que lo habitaba, tomaba las riendas de su existencia. Shakespeare exploró la razón lógica llevándola hasta los extremos que la psicología del siglo veinte aprendería; Cervantes, la sinrazón que le permitió desde la fantasía del ideal, confundir o fusionar la realidad con ella, para transformarla, desde sus equívocos, mal entendidos, dichas y desdichas, venturas y desventuras, acusando a los encantamientos de ser los causantes de las penurias de sus personajes que bordeaban la ingenuidad y la pureza. Quizá el surrealismo,  le deba mucho a Cervantes.

La ventaja de Shakespeare es que el protestantismo y el germen del liberalismo le dieron libertad de explorar su imaginación en un escenario concurrido por todas las clases sociales. En cambio, Miguel de Cervantes, que había sido militar de carrera y combatiente en guerras estelares contra el Imperio Otomano, desarrolló una estrategia de ficción para escapar de la Santa hermandad o Inquisición, que revisaba, analizaba y condenaba todo libro a la hoguera. Así eligió a los personajes más reales, mundanos sencillos y desposeídos por donde colar su libertad imaginativa. Shakespeare aborda, fundamentalmente, personajes del alto poder de las cortes, pero también, la condición ambiciosa de éstos, conspiradora y criminal que se fragua entre bastidores. Con Shakespeare se funda el primer diagnóstico de la patología del dictador. Pero en todo ese periodo del siglo XVI, ambos autores, establecieron con sus obras de ficción, los contrastes que presenta  la otra realidad que habita en la persona, como al personaje.
Todas las dictaduras, tiranías y el totalitarismo del siglo veinte se aferraron a la construcción de una estética del mal, de una representación exquisita de la misma, con un protocolo y una máscara donde la mentira real se presenta tan igual o más que la ficción. El mesías o el comandante en jefe eran el mago, el hechicero o el ilusionista. Las concentraciones de masas con coreografías impecables, los discursos, la gestual de los líderes, los himnos casi operísticos, los usos de la fotografía, la radio y el cine, conformaron el todo del poder que aspiraba a ser global, aboliendo la frontera de los países que invadían. Grandes filósofos y poetas, como Martin Heidegger y Ezra Pound, se sumaron a esa locura que se convertiría en una máquina selectiva e industrial de matar.
Iniciado el siglo XXI, en América latina, se instaló en Venezuela la revolución bolivariana, la primera dictadura que derrumbó las formas de la tradición dictatorial conocidas hasta ahora. Lo hizo desde la renta petrolera, no desde la ideología. Violó todos los secretos míticos fundacionales de la República, entregó a una nación extranjera la seguridad de su Estado. Corrompió la gramática política y el lenguaje ciudadano. No tiene pensadores ni escritores. Pero tiene poetas que cobran hasta cien mil dólares por un poema que la celebre. Su máximo líder solo sabía gritar, era incapaz de hablar. Vulgarizaba tanto el lenguaje, cuando atacaba a sus enemigos, que parecía que excretaba por la boca. Murió como un muñeco que las moscas llegaron a despreciar. Quien lo heredó, rebuzna. La revolución bolivariana no tiene personas ni personajes. Un cartel de la droga  no se define, porque todos saben de qué se ocupa. Por eso lo que exhiben ante el mundo los protagonistas de esta revolución es la ostentación de inhumanidad contra el pueblo venezolano y sus multimillonarias cuentas reseñadas en la revista Forbes, donde aparecen aquellas personas más acaudaladas del planeta.
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Ideas de Babel, 7 junio, 2016 

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