viernes, 25 de mayo de 2018

Consideraciones intempestivas - Ramón Márquez Peñaloza




 ¿Existe la moral en política? ¿Qué elegimos los que no votamos? ¿Cuál es la opción ahora -moral y política-  de quiénes participaron inconscientemente en un fraude que estalla ahora como revelación en una conciencia atormentada, o desdichada, porque los números no fueron los que soñaron en su adánica  y poco convincente inocencia? ¿Es posible que el hambre sea una mercancía negociable, con su agónico valor de cambio?


De ahora a lo que sigue sale esta suerte de epistemología de la pregunta: el por qué,  por qué,  por qué de los viejos sabios o de los párvulos en estado de crecimiento y percepción de un mundo y una vida.

Moral y política. Un tema enmohecido pero que desde Maquiavelo adquirió ese rango de amoralidad que coloca a la política en un más allá del bien y el mal. Nace entonces la real política, que es la trama del parlamento de los hechos. Los hechos adquieren autonomía y ley de gravedad: en  política entonces todo viene a girar  en torno al hecho, por ilógico, arbitrario, ilegítimo  o absurdo que  sea. Visto así, la moral no puede entrar al ejercicio político porque se hace costumbre, y esto vendría a crear un obstáculo ético para la cruel, desalmada y cruda realidad del hecho, que como es real es racional. Metafísica de la objetividad Suprema.  Nietzsche dijo que los hechos no son morales, y dijo bien, y sobre esa distinción dionisíaca estructuró un andamiaje de la voluntad de poder que raya en lo diabólico. El superhombre confecciona hechos sin moral y los legitima sin piedad. ¿Y quién le puede exigir moral al Superhombre? Los venezolanos que ayer cayeron en la “amoralidad”, o en la “inmoralidad” del régimen, a sabiendas o no de lo que les esperaba, DEBEN ahora conjurar la desdicha con la “ética de la responsabilidad”.

La abstención y la “ética de la convicción”. Los que ayer elegimos la incómoda condición de una “ciudadanía negativa”,  votamos por sacar a la política del fango putrefacto en la que está, y por el rescate de la institucionalidad democrática.

 Ahí está la razón de los números. Un fenómeno electoral cantado, rezado y razonado, arrojó una cifra modesta que luce ponzoñosamente razonable ante dos “hechos” indescriptibles: no hubo fraude y la abstención fue un voto en blanco por Maduro.  Si se cantó diez, once millones y la cifra no llegó a los seis, he ahí la imparcialidad del Gran Ente. Ahora bien: el punto no era la cifra sino el resultado. Y ahí lo tienen. Genius fraudélicos.

¿Qué queda ahora para quienes comprometieron su condición democrática y la apostaron a la demagogia? Una gran pregunta que espera por razonadas respuestas, sin parlamentos de cromañón.
¿Es ciertamente posible que el hambre sea una mercancía negociable en estados de incertidumbre entera?  Pido ayuda al maestro Fernando Mires de quien leí en estos últimos días sesudas reflexiones sobre la irresponsabilidad histórica de quienes optamos por la ciudadanía negativa. Mires nos ilustró sabiamente, apelando incluso a la discursividad encantadora del romanticismo de cantina, en un esfuerzo grandioso pero inútil para que cerráramos los ojos ante esta desvergüenza de la dictadura. ¿Es el hambre negociable o intercambiable, maestro Mires?  Ahí le dejo el bolero “Hambre” en la voz insaciablemente erótica de la inolvidable Blanca Rosa Gil.  ¿Qué hacer, qué sentir?.

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